En el año 2007 asistía a los cursos prematrimoniales con la que iba a ser mi futura mujer cuando saltó la liebre. Prácticamente al final de la temporada general de caza me topé por casualidad con unas buenas pisadas de guarro en un bancal de almendros que no se había cosechado el año anterior. La almendra esparcida por el suelo hacía que por las noches el bancal estuviera bastante  concurrido. Según me comentaba el pastor de la finca, las incursiones marraniles nocturnas se repetían noche tras noche , motivo suficiente para que decidiera “poner orden en la sala”.

 

Entre unas cosas y otras sólo me podía escapar la tarde del jueves, día de curso prematrimonial. Con este condicionante, un pequeño retraso era lo único que me podía permitir si quería casarme. Anochecía bastante temprano, sobre las siete menos diez, así que disponía de dos horas y media escasas para hacer la espera.

 

Llegó el jueves por la tarde y a las seis y media ya me encontraba apostado en la silla cubierto bajo seis capas de abrigo. El muñeco de Michelín era una broma comparado conmigo, pero no importaba, lo principal era no pasar frío y evitar que los tiritones me jugasen una mala pasada en caso de aparecer el guarro.

 

Después de una hora y media de aguardo, el frío era terrible y las dudas sobre si aguantaría o no mucho más tiempo sentado empezaron a rondar en mi cabeza. El reloj marcaba las ocho y media, ¡vaya frío!, que aparezca pronto el guarro que me va a dar algo -me repetía una y otra vez por lo “bajini”-.

 

La siguiente hora me dediqué a tirar de prismáticos en busca de algún bulto sospechoso entre los almendros, escudriñando todos y cada uno de ellos. No hubo suerte, no conseguí vislumbrar ninguna cerdosa silueta. Pese al frío no perdí de la esperanza y me mantuve firme en la idea de aguantar hasta las nueve. No hacía más que imaginar por dónde aparecería el cochino.

 

En estas imaginaciones me encontraba cuando escuché los ladridos de los perros del pastor. ¡Algo han barruntado, seguro que es un guarro!. Y no debe andar lejos -pensé-. Dicho y hecho: no tardé ni dos minutos en advertir cómo el marrano bordeaba el bancal y se dirigía a los calderones de agua que hay cien metros más arriba. ¡Vamos hombre, no te distraigas ahora y entra al bancal que me tengo que ir! -susurré con la esperanza de que me hiciera caso, pero no, el guarro llega tranquilamente a las bañas y comienza a retozar. Aprieto los dientes para que el guarro termine de acicalarse lo antes posible, pero que si quieres arroz Catalina. Allí se tira el “tío” más de un cuarto de hora liado con el dichoso agüita. Intento serenarme, pero el tiempo apremia y me voy impacientando cada vez más. De repente dejo de escuchar los chapuzones. Pasan los minutos y no escucho absolutamente nada. No es posible, tiene que estar ahí. Y justo cuando estoy a punto de tirar la toalla y marcharme escucho una carrera enfrente a mi derecha, se detiene …., corre de nuevo ….y se vuelve a parar.

 

Ahora sí parece que intuyo un bulto a no más de 40 metros. ¡Ahí está el guarro!. Me encaro rápido, quito el seguro y ….. ¡piiiiiimba!, zurriagazo al canto. No veo al guarro pero lo escucho correr hacia al monte. ¡Chas, chas , chas, chas, chas,….!. A los pocos segundos me parece escuchar un golpe contra el suelo pero no estoy seguro, serán los nervios del lance. Miro el reloj de nuevo, ¡las nueve y cuarto, lo que faltaba, llego tarde!

 

Con las prisas, recojo rápidamente y me dirijo al coche sin saber si el marrano ha quedado en los almendros o se habrá metido en el monte. A pesar de haberlo escuchado pararse, me es complicado localizar de oído el lugar exacto donde quizás haya podido caer, pero no me puedo entretener más. Marcho sin saber lo que me voy a encontrar a la mañana siguiente. Nada más aparecer por la puerta donde estábamos haciendo los cursos, mi futura mujer sabe que la cosa no ha ido del todo bien sólo con verme la cara:

 

  • ¿Qué tal ha ido? -pregunta ella-.
  • Bien y mal -contesto-.
  • ¿Cómo que bien y mal? -insiste-.
  • Sí, bien porque creo que ha caído y mal porque hasta mañana no puedo saberlo con seguridad  -respondo-.

 

A la mañana siguiente llegué al monte bien temprano con la idea de buscar el guarro antes de que comenzase a hacer calor. Fui derecho al disparo y …….. ¡biiingo!, había gotas de sangre a pocos metros del disparo. Miré a mi alrededor y a unos sesenta metros vi un bulto entre los almendros. Me acerqué hasta allí cámara en mano y al ver el guarro de cerca sentí un escalofrío. ¡Guarraco ……… y de los buenos!. Por unos instantes quedé atónito, o más bien pasmado. No pude reaccionar hasta pasados unos minutos. No sabría plasmar con palabras lo que sentí en ese momento, pero fue algo muy muy grande. Más de veinte años cazando y era mi primer macareno.

 

Después de aquella tarde continué asistiendo a los cursos mucho más relajado y por suerte hoy puedo decir que estoy felizmente casado y mantengo un recuerdo imborrable de aquel día.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

Saludos y buena caza.

Javier Robles (Condevito).

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