¡Espectacular!, es el calificativo que mejor refleja la última aventura corcera vivida por tierras leonesas. A pesar de cumplirse los refranes “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo” o “nunca llueve a gusto de todos”, regreso a tierras murcianas con plena satisfacción. Si bien es cierto que las inclemencias meteorológicas no han permitido cazar todo lo a gusto que hubiese sido deseable, tales circunstancias han conferido al cazadero un color especial. Tras unas primeras salidas infructuosas y un par de corzos fallados, logré abatir el primer corzo en la mañana del miércoles. El segundo, se hizo esperar hasta el viernes y fue “en el tiempo de descuento”. Sin más dilación paso a narrar lo acontecido en esta última semana.

SÁBADO 1 DE MAYO
Sin tiempo para reponer fuerzas después del largo viaje y con apenas tres horas de descanso, suena el despertador a las cinco y veinte de la mañana. Raudo y veloz, me encamino hacia el punto de encuentro a conocer a mis compañeros de caza durante los próximos días. Cuando llego me están esperando Israel y Paco I, yerno y suegro respectivamente. Tras las presentaciones partimos hacia el coto, situado a unos treinta y cinco minutos en coche. Allí nos esperan Justo, el Presidente de la Sociedad de Cazadores y Requejo, tesorero y “alma mater” del grupo.
Con los primeros rayos de sol, Requejo, Israel y yo comenzamos a recechar por un lado, mientras Justo y Paco I lo hacen por otro para facilitar la localización de los corzos. No tardamos en avistar algunos en un valle, pero entre los mismos no se encuentra ningún ejemplar tirable. Casi sin darnos cuenta la mañana se esfuma entre idas y venidas por los bellos parajes del coto. Sobre las doce paramos a almorzar. Chorizos caseros de venado, jabalí y corzo ataviados con una buena bota de vino para amenizar el “taco”. De especial recuerdo para mi es este momento por el obsequio que recibo. Una navaja hecha a mano. Un detallazo. Después de las viandas regresamos a casa para comer.

Al llegar todo está preparado para el “momento barbacoa”. Mi gran amigo y “hermano” Dani hace las veces de “chef cocinillas” mientras su novia, mi mujer y los perros nos dedicamos a llenar el buche. Cerveza fresquita y comida a “espuertas”. Lo menos indicado para tener que cazar por la tarde.

Ya por la tarde, Paco I y yo nos disponemos a hacer una espera en un prado en el que tienen localizado un buen macho que ha sido visto varias tardes a la misma hora. Aparecen varias corzas pero del macho ni rastro. Eso sí, frío para dar y tomar. La alta montaña no perdona. Un descuido se paga caro. Es el primer aviso de que el tiempo va a cambiar.
DOMINGO 2 DE MAYO
A la mañana siguiente, de nuevo madrugón. La idea es intentarlo otra vez en el mismo prado de la tarde anterior confiando que el macho esta vez sí “caree” allí. Tampoco aparece y dado que aún es temprano nos movemos en busca de otros corzos . Sobre las doce de la mañana localizamos un buen macho. Se encuentra sesteando en la parte alta de una ladera bastante pronunciada. Decidimos esperar a que se levante por si al moverse se descuelga hacia la parte baja, ofreciendo un mejor blanco. No es así, la corza que lo acompaña se desplaza moviéndose de izquierda a derecha sin descender un sólo metro, haciendo que el macho la siga. Después de una hora cobijados entre unos espinos, decido probar suerte. Se encuentra a doscientos cincuenta metros. Una distancia aceptable para el 30.06. Lo tengo metido en el visor y estoy bien apoyado. ¡Pummm! El corzo no acusa el tiro y se mete en el apretón de monte. ¡Vaya, he fallado!. Instantes después el corzo aparece de nuevo unos metros más arriba, momento que aprovecho para enviarle dos “castañas” más que tampoco “tocan pelo”. ¡Será posible, he vuelto a fallar!. Los dos últimos disparos se han ido dos metros por debajo -me dice Israel-. A lo que respondo: ¡No fastidies! Pues entonces el rifle no debe estar bien (el tipo de excusa empleada en estos casos, aunque como pudimos comprobar más tarde, efectivamente los disparos se iban un poco de altura). La anécdota de la jornada la pone Requejo (maestro en el arte de las armas y la munición) poniendo el rifle a tiro acertando a una piedra del tamaño de un puño a una distancia de 180 metros. ¡Increíble, ver para creer!.
La tarde del domingo vemos algunas reses más pero ninguna de ellas merece la pena por lo que me dedico a hacer unas cuantas fotos.
LUNES 3 Y MARTES 4 DE MAYO
El lunes por la mañana me acompaña Martinho, una persona íntegra donde las haya y gran cazador. Estamos tratando de avistar algún corzo cuando recibimos la llamada de Justo, el presi. Acaba de localizar un macho cerca de donde nos encontramos. Rápidamente nos dirigimos hacia allí pero no conseguimos ver el corzo. Unos doscientos metros más arriba y de casualidad, veo un macho pastando en mitad de un prado. No parece malo y decidimos hacerle la entrada. Conseguimos ponernos a no más de cien metros, mediando entre ambos unos cuantos árboles. Lo necesario para poder acercarnos un poco más sin ser vistos -pienso-. Nada más lejos de la realidad. Justo cuando me dispongo a efectuar el disparo, pasa un coche por la carretera haciendo que el corzo se gire y nos vea. Sale “arreando” ladera arriba en menos que canta un gallo. Se detiene un instante, el disparo no es certero y no consigo hacerme con él. Segundo corzo que se va a criar. ¡Madre mía, qué maleta soy! -le comento a Martinho-. A lo cual me replica: se falla porque se tira, no te preocupes que vas tirar más. Tranquilo.
La tarde del lunes y todo el martes tuvimos que conformarnos con ver algún corzo desde el todo terreno. La nevada caída fue bastante copiosa, no siendo posible realizar ninguna salida por el monte.
MIÉRCOLES 5 DE MAYO
Aún con mal tiempo y algo de nieve, la mañana del miércoles nos ubicamos frente al testero donde días antes había tirado el primer corzo con el resultado de “cero patatero”. El frío es bastante intenso pero la estampa entre la nieve bien vale la pena. Al poco tiempo de estar puestos, se levantan de la nada un corzo y una corza. Es un momento mágico. Un par de minutos después aparece Requejo para valorar el corzo. Es tirable – me dice-. Se encuentran a doscientos treinta metros y con los antecedentes del primer corzo errado allí mismo, las dudas me invaden. Pero me la voy a jugar. Un tiro largo pero no imposible. Estoy bien apoyado. Requejo ha colocado su bastón bajo mi codo y tengo al macho bien centrado en la cruz. Esta vez no puedo fallar. A la tercera va la vencida. Me sereno, respiro profundamente, aguanto la respiración y ¡Pimba, misil tierra-tierra que hace blanco sobre el corzo! Éste acusa el disparo y emprende una errática huida hacia abajo. Antes de que caiga, vuelvo a disparar encajando un nuevo tiro en el codillo y dando el animal una espectacular vuelta de campana sobre sí mismo, cayendo fulminado.
¡Siiiiiií! Me fundo en un emotivo abrazo con el amigo Requejo y por fin consigo mi primer corzo leonés. Acto seguido, tenemos que subir a lo alto del puerto a sacar de la cuneta el todo terreno de Miguel, atascado en la nieve. El resto de la mañana se pasa entre el almuerzo y la preparación el corzo.
Apenas transcurridas unas horas volvemos al coto para continuar con la faena. Nada más llegar Requejo y Paco II comentan que han visto varios corzos, así que nos ponemos en marcha para tratar de localizar alguno. Transcurren las horas y a pesar de no conseguir ver ningún macho, nos recreamos durante más una hora contemplando a un gran jabalí que campa a sus anchas enfrente de donde nos encontramos.
JUEVES 6 DE MAYO
Justo y Martinho me acompañan en esta ocasión. Por la mañana localizamos un macho bueno en un “teso”. Nos ve y se oculta rápidamente entre la maleza. Al poco tiempo aparece en el prado que hay por encima. No está excesivamente lejos pero se encuentra detrás de un espino que me impide verlo con claridad, por lo que decido no disparar. No da más opción y se pierde en el bosque. Decidimos ir a comer pronto y regresar a primera hora de la tarde puesto que suele moverse temprano antes de encamarse hasta última hora de la tarde, momento en que vuelve a dejarse ver.
Nada más llegar de comer vemos al corzo que buscamos corriendo detrás de otro macho. Nos apresuramos a bajar del todo terreno, cogemos los “bártulos” y nos dirigimos hacia el animal por un camino para efectuar la entrada. Antes de que podamos aproximarnos lo suficiente pone “pies en polvorosa” no dándonos ninguna opción, por lo que continuamos camino arriba hasta un collado desde el que oteamos el valle contiguo. La tarde está soleada. Hace buena temperatura pero no conseguimos ver ningún corzo más. Sobre las siete y media Justo busca un emplazamiento en el que vamos a esperar al corzo de la mañana. Se trata de un querencioso paso en mitad del bosque que el macho ha de atravesar camino de su pastadero. Apenas se deja entrever el sol por encima de las copas de los cerezos silvestres y pronto comienzo a notar frío. Los minutos se me hacen eternos. Las palabras de aliento de Justo: “no te preocupes que el corzo aparecerá” son lo único que me hace aguantar. Dicho y hecho. A las ocho y media cruza por debajo de nuestra posición a unos setenta u ochenta metros. Es un visto y no visto. Estoy lento y pierdo una nueva oportunidad.
VIERNES 7 DE MAYO
El enésimo madrugón de la semana empieza a pasarme factura, aunque el ánimo continúa intacto. Como en días anteriores, llegamos al coto antes de que amanezca. Iniciamos la marcha sin apenas luz, atisbando donde pisamos prácticamente a “tientas”. Nos encaminamos a un prado de difícil acceso en lo más alto de una solana donde hay un buen macho. No tardamos en llegar al apostadero, ocultándonos con celeridad entre la maleza para no ser vistos. Nos encontramos a unos ciento cincuenta metros por encima del prado. Enseguida aparece un pequeño corzo todavía con la borra. Pasta durante unos minutos sin reparar en nuestra presencia hasta que finalmente se pierde monte arriba entre los robles. Pasan los minutos y comienza a caer una fina lluvia que nos hace desistir de nuestro objetivo. Al iniciar el descenso Paco I localiza un macho en el “pecho” de enfrente. Sin mayor demora nos apresuramos ladera abajo hasta llegar a situarnos enfrente del prado en el que se encuentra el macho. Se encuentra a una distancia razonable, unos ciento cincuenta metros. Lo voy a tirar en cuanto se ponga a tiro. Se va acercando cada vez más, llegando a colocarse a ciento cuarenta metros de nuestra posición. Una vieja colmena me sirve de apoyo y en el momento en que el animal se detiene un instante aprovecho para disparar.   
¡Pimmmmba!, he cerrado el ojo al disparar y no sé si le he dado pero enseguida me dice Paco I que lo he alcanzado. Esperamos sentados una media hora confiando en que la res se enfríe y aprovechamos para acercarnos al pueblo a comprar pan para el almuerzo antes de acudir a por el corzo. Tras el almuerzo y al llegar donde se encuentra, comprobamos que no está muerto, siendo necesario rematalo. Se trata de un “fuseiro”,  un corzo que no dispone de contraluchaderas y por tanto, peligroso para sus congéneres. Está bien haberlo quitado.
Han sido siete días de rececho en tierras leonesas acompañado por personas totalmente comprometidas que han demostrando su seriedad y buen hacer en todo momento. Sin los Martinho, Paco I, Miguel, Paco II, Justo, Requejo, Keko, Vicente e Israel todo esto no hubiera sido posible. A todos ellos, ¡gracias!.

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12 comentarios en “DE CORZOS POR TIERRAS LEONESAS”

  1. ruben franco (buba)

    Aupa Javito!!! Espectacular manera de relatarlo … que guapin el perro!!! Tenemos mucho perro!!!
    me he leido el relato del cochino y eso si que fue coña … creo que debias oler peor que el!! jejeje

    De verdad que tienes que hacerte un episodio grabado en camara de jara y sedal … sin coñas!! pa la proxima te llevas la camara y si es en la segunda quincena de agosto me la llevo yo y te grabo!!!

    Un abrazo chaval!!
    Buba

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