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Como en todas y cada una de las ocasiones cuando regreso de un viaje a tierras astur leonesas, mis sensaciones son contrapuestas. Por un lado me queda la enorme satisfacción de haber disfrutado  de unos días junto a los amigos y la caza, pero por otro, una cierta tristeza me reconcome al dejar atrás aquello que más alegría me proporciona. Evidentemente me quedo con lo primero y soy consciente que lo segundo es cuestión de horas para superarlo.
A nadie tengo que convencer de las bondades que proporciona el norte. El norte es salud, de ahí que de cuando en cuando me acerque por allí para recobrarla. Os recomiendo, no, os insto a visitar la Coordillera Cantábrica y aledaños. Como si de un médico me tratase, os receto Asturianil 2000 mg tres veces al día durante una semana y Leontomizol 50 otras taitantas veces al día. Ah, para que pasen mejor las cápsulas, sidra o vino, por supuesto.
Pero voy con lo que nos interesa:
rececho-corzo-asturiasLlegué a tierras asturianas tal que el miércoles por la tarde, con la hora justa para dejar los trastos y salir a ver el Madrid-Bayer a una vinoteca. ¡En qué maldita hora….! Aunque el “ni pa ti, ni pa mi” de mi barcelonista mujer me ayudó a superar el amargo trago.
Con el consiguiente jarro de agua fría que supuso la eliminación del Madrid, el jueves amanecí dispuesto a pasar un buen día de caza en el Coto Regional de Caza del Concejo de Mieres.
Partimos de esta localidad con dirección a Turón, de allí fuimos a Urbiés y de esta última a los alrededores de La Hueria. Vamos a participar cuatro personas en el rececho: Manolo y Lao, dos de los guardas del Concejo, mi buen amigo Requejo y un servidor.

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Llegados a nuestro destino, comenzamos a escudriñar los prados y bosquetes en busca del escurridizo duende. Hacía un frío que pelaba y el viento era gélido hasta decir basta. En esta primera parada apenas conseguimos avistar una corza que pace en un pequeño prado de una poza que adentra en el valle. Veinte minutos más tarde continuamos pista adelante hasta llegar a un nuevo punto desde el que dominamos varios prados más. Esta segunda parada resulta ser algo más prolífica, logrando avistar una nueva hembra y la carrera de un par de corzos más en la lejanía. A partir de entonces, abandonamos los coches y seguimos a pie.
Unos cientos de metros más adelante toca parar otra vez. A los pies de la pista hay una poza en la que se encuentran un par corzas, madre e hija, pero del macho ni rastro. Lao y Manolo comentan que en esta zona tienen localizado un bonito macho y no debe andar lejos. Continuamos hasta un punto de la pista en el cual nos adentramos en la mata a través de una pequeña vereda. Ésta nos conduce a un espectacular balcón desde el que vemos parte del valle y un par de recónditos prados. En uno de ellos localizamos otra corza más, pero del macho nada de nada, no conseguimos dar con él.
En este punto toca dar media vuelta y regresar camino de los coches. A la altura de la poza donde dejamos las últimas corzas paciendo, nos sorprende la carrera de un corzo. Requejo está rápido y tirando de prismáticos exclama “es macho, un buen macho”. Lao no lo duda y aclama “es el macho que buscamos”.
Después de este primer arreón, el corzo se detiene en el testero de enfrente. Nos separan 255 metros, una distancia considerable para hacer blanco. El corzo está a lo suyo, ramonea tranquilo completamente ajeno a nuestra presencia, permitiendo que me tumbe en el suelo para intentar efectuar el disparo. Es un tiro largo pero tengo confianza y lo quiero intentar.
Intento meter al macho en la cruz del visor, tardando un poco más de la cuenta en conseguirlo. Cuando lo hago quito el seguro y …. ¡Piiiiiiiiiiiimba! El tiro pega un pelín delante del corzo y éste sale escopetado quedando a unos metros de donde estaba. Disparo en otras dos ocasiones sin hacer blanco y cuando voy a recargar compruebo que estoy sin balas, ¡arreeea! Mientras ambos guardas y yo tratamos de no perder de vista al corzo, Requejo se acerca al coche y regresa con más munición. Cargo el rifle, me tiro de nuevo al suelo, meto al corzo en la cruz y …. ¡baaaaaaaaaang! efectúo un nuevo disparo que impacta en el macho. El tiro no resulta certero, emprendiendo el corzo una enérgica carrera ladera abajo. A la velocidad que va no me resulta posible meterlo de nuevo en el visor para disparar de nuevo, así que se pierde adentrándose hacia el fondo del valle.
¡Vaya por Dios! ¿Habéis visto dónde le he dado? -pregunto-. En una de las patas traseras, por encima del codo -asienten los guardas-.

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Me quedo bastante chafado tras el lance por el hecho de haber dejado herido al corzo. Hubiera preferido mil veces no haber hecho blanco que herirlo, pero esto también forma parte de la caza y como tal se ha asumir. A pesar de ello y de las palabras de ánimo de guardas y Requejo, lo cierto es que no lo pasé nada bien en los momentos posteriores al lance.
Tras el fallido lance bajamos hasta el camino que atravesó el corzo en su huida para intentar localizar sangre. Únicamente conseguimos encontrar un par de esquirlas de hueso, pero ni una gota de sangre, lo cual, si cabe, me hace ser todavía más escéptico sobre el posible cobro de la pieza.
La única solución posible es intentar pistear el corzo con los perros. Sin perder ni un segundo Manolo telefonea a su hijo y casi una hora más tarde aparece Manu con un par de grifones. Pone la traílla al par de canes y nos ponemos en marcha. Nada más llegar al punto donde supuestamente se ha adentrado el corzo en la maleza, uno de los perros late el imperceptible rastro del corzo. A partir de entonces comienza el apasionante pisteo.

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Durante las dos horas siguientes se puede decir que estuvimos practicando descenso de barrancos contrarreloj, una auténtica aventura. La extraordinaria dureza del corzo puso a prueba nuestra resistencia, haciéndonos sudar tinta para poder dar con él. Lo tuvimos bien cerca en un ocasión, llegando incluso a tenerlo a tiro durante breves instantes. Yo iba retrasado unos cuantos metros tras Manolo, su hijo y los perros. Por más que quise, las piernas no me respondieron, así que no conseguí llegar a ver el corzo. Cuando llegué hasta el sitio el corzo ya no estaba. La emoción fue enorme, pero el cansancio aún mayor. Aquí mis piernas dijeron basta. Manolo y Manu continuaron con los perros tras la pista del corzo mientras yo tomé las de villadiego. En ese momento recordé el famoso Camina o revienta del Lute, así que decidí caminar por la pista de enfrente tratando de seguir al corzo. Lo pude entrever en varias ocasiones hasta que se perdió en el fondo del reguero con los perros siguiéndole de cerca. El latido de los canes era cada vez más seguido y estruendoso lo que hacía presagiar un pronto desenlace.
Apresuré el paso hasta la pequeña pedanía de La Hueria de Urbiés, donde un paisano me confirmó el paso del corzo por el prado que había enfrente de donde nos encontrábamos. No tardé en escuchar latir de nuevo a los perros. Parecía como si hubieran parado al corzo. Al comentar la situación con otro paisano que allí se encontraba, éste se apresuró a ofrecerme bajar hasta allí con su quat. ¡Todavía estoy temblando! Fueron un par de minutos escasos pero me acongojé vivo. No digo más que del subidón de adrenalina que tuve con el puñetero quat, me desapareció ipso facto el cansancio.
Al llegar abajo del todo apareció también Manu. Ambos nos tiramos monte abajo hasta llegar al río. Uno de los perros estaba dando vueltas intentando coger de nuevo el rastro del corzo. Parecía que se había esfumado cruzando el río. Anduvimos allí durante unos instantes sin tener claro para dónde tirar. Finalmente subimos hasta la pista, momento en el que llegaron tanto Manolo como Lao, cada uno por lado. Lao y yo marchamos río abajo para intentar cortar la carrera del corzo mientras los Manolos trataban de dar de nuevo con el corzo. Apenas llevábamos unos minutos esperando, nos llamaron para que subiéramos rápido hasta el punto donde los dejamos. Habían dado con el corzo, que extenuado por el esfuerzo, se encontraba echado junto al río. El final de este más que bravo animal fue rápido.
El esfuerzo del pisteo había tenido su resultado. Reconozco que nunca pensé que el pisteo pudiera llegar a buen puerto, pero las dificultades que supuso me dejan un inmejorable sabor de boca.

GALERÍA RECECHO

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Vaya desde aquí mi sincero agradecimiento para todos los que me acompañasteis en este inolvidable rececho: Manolo, Lao, Manu y Requejo. Mención especial para el par de grifones de Manu. Sin ellos hubiera sido imposible finalizar con éxito la difícil empresa de cobrar el corzo. Un saludo también para los paisanos de La Hueria que se quisieron acercar a ver el corzo. Igualmente agradecido a la directiva de la S. C. del Concejo de Mieres y a Noelia, su administrativa.

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12 comentarios en “EL CORZO MINERO”

  1. La madre del cordero… No me vuelvas a tirar a esas distancias tocayo. ¡¡Hay que arrimarse más!! Desde luego este corzo no se te olvida en la vida, menudo pisteo… Madre de Dios, y encima por monte astur, que casi no pincha y no es farragoso.
    Me alegro por tu experiencia don Javier. ENHORABUENA por ese corzo del Principau.
    Un abrazo

  2. Preciosos el corzo y el relato, enhorabuena. Respecto a lo del Madrid, yo antes también sufría por el futbol, pero, de un tiempo a esta parte ya me da igual. La caza es lo único que me quita el sueño.

    Un abrazo amigo.

  3. Javi, era imposible hacer una entrada al corzo. Era o tirar o perder la oportunidad.
    Rafa, estoy en auto terapia para intentar que no me afecte. Debería salir más de caza para completar la terapia.
    Un abrazo a ambos.

  4. Javier, tanto plano te delata y deja en mal lugar. Fíjate que desde donde lo tiraste tenías un carril delante; éste ni pisarlo, claro, pero sí debiste cruzarlo agachado, tangencialmente, hacia la verea sucia que sale por la izquierda. Después debiste tomar ésta, en perpendicular y en cuclillas, hasta una balate que sale a la izquierda. Y luego, de rodillas, hasta unas matas que hay más espesas, esas verdes concéntricas que deben ser toxos; después ya, cuerpo a tierra, reptando los últimos 100 metros, dándole de lado a las piedras hubieras llegado hasta la misma mancha de nieve que el corzo tenía delante de sus narices. Y allí ya no tenías ni que tirarle, podrías haberlo cogido de un cuerno, o de un huevo que patalea menos. Joder, si estaba chupao.
    (Así, así, así gana el Madrid)

    PD: Todo esto no nací sabiéndolo, que conste, me lo enseñó el Rafa ese que escribe más arriba.

  5. jajajaja, José María, menudo fenómeno estás hecho. La próxima vez te vienes a recechar conmigo. Bueno, mejor los dos, Rafa y tú. Por cierto, ¿no subes este año para a Grandas?

    Gracias Eduardo, un abrazo.

  6. Pues, ayer tarde me llamó un amigo, desde Grandas, con un buen corzo a los pies. Es la 2ª partida que me deja en tierra. Pero, ocupaciones aparte, no me veo yo este año muy encelado para atravesar España.

  7. Pues ya están haciéndote el celo que haga falta. Parece mentira que sabiendo lo bien que te lo pasas allí arriba, no hagas ganas de subir. Así que arrea para Grandas que después te vas a arrepentir de no haber subido. Un abrazo

  8. Estraordinario corzo, porque "al trofeo no lo hace su porte si no el lance", y en el lande van implicito el pisteo si es menester.
    Los acontecimientos han elevado a TU corzo a la categoría de merdalla de oro. ¡Que mal y que bien debiste pasarlo.

    Mis felicitaciones además por el gran relato que haces.
    Lolo Mialdea

  9. Pues no sé yo Lolo. Cada vez que leo las cosas que escribo, siempre les saco "peros" y no tengo la sensación de redactar correctamente lo que quiero expresar. Intento mejorar con el día a día…pero qué va, de momento soy un simple aficionado,… un aprendiz.
    Un abrazo

  10. Enhorabuena, el Corzo es precioso, mucho mejor de lo que me imagine cuando me lo comentaste por mail. Ya sabes que en Laviana también tienes casa para próximas incursiones.

    Un abrazo

    Rober

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