Hacía más de un mes que seguía los pasos a un guarro interesado más de la cuenta en los almendros de la  finca. Aún verdes, las almendras ya resultaban bastante apetecibles pese a faltar un par de meses para su cosecha. Exactamente lo mismo que debía pensar el marrano. En las últimas semanas los daños habían ido a más como consecuencia de sus continuas visitas y dado que las fechorías se estaban prolongando en el tiempo, decidí realizar una espera para intentar poner fin a tan descarado escarnio.
El emplazamiento elegido para el aguardo sería bajo un frondoso pino, dando vistas a los almendros que tenían más aquerenciado al marrano. La luna se encontraba en cuarto creciente, suficiente para vislumbrar un cochino en el bancal; personalmente es la fase lunar en la que más disfruto de los aguardos, independientemente de ser o no ser la mejor para ello.
Siempre que decido hacer una espera me gusta llegar al puesto con bastante tiempo de antelación, y en esta ocasión no iba a ser diferente. Sobre las ocho y media ya me encuentro sentado esperando a que anochezca. Los guarros no acostumbran a dejarse ver temprano en esta parte de la finca, así que no dudo en emplearme a fondo con el bocadillo. Entre bocado de jamón y trago de coca cola ha anochecido casi sin darme cuenta. No tarda en aparecer la luna, distrayéndome por unos instantes e iluminando el bancal como si de un campo de fútbol en noche europea de Champions se tratase. La sensación es extraña, similar a quien se encuentra ante un público entregado y expectante por conocer el desenlace de un partido decisivo. La emoción de una final ante el rival más imprevisible… Ensoñaciones que hacen pasar el tiempo rápidamente.
Pasadas un par de horas, lo único que se ha movido es una ardilla. La noche permanece en calma, el silencio sólo se rompe por el paso de un avión, momento que aprovecho para levantarme y estirar las piernas, se me han quedado entumecidas. Apenas cinco minutos después de haberme acomodado de nuevo, el ladrido de los perros en casa del pastor me pone sobre aviso ante la posible cercanía de un visitante a las inmediaciones del bancal. Afino el oído y casi de manera inapreciable consigo distinguir el sigiloso y cauto avance de un marrano. Al llegar al linde del monte con los almendros comienza a dar un rodeo. El muy ladino repite la jugada en tres ocasiones hasta que finalmente entreveo su negra figura adentrándose en el bancal. No parece tener las hechuras del macho que estoy esperando, aunque parece otro macho de tamaño regularcete. No está nada mal.
Esperaré unos minutos por si se trata del escudero y tiraré si no aparece el verraco. Va de almendro en almendro olisqueando, zigzagueando sin parar. Pasados unos interminables minutos compruebo que va sólo y está lo suficientemente confiado como para encararme el rifle sin temor a delatar mi posición. Se encuentra un poco lejos, he de asegurar bien el apoyo… lo hago sobre mi rodilla, cuadro al cochino en la cruz y ¡piiiimba!. Sale arreando por los mismos pasos que entró al bancal sin darme oportunidad a realizar un segundo disparo. Me quedo compuesto y sin guarro, escuchando cómo el cochino se aleja monte arriba. Una ocasión desaprovechada ante un inesperado invitado es un motivo más para perseverar en mi propósito de darle un disgusto al ladrón de almendras.
Como no es tarde (las once y cuarto) aguardaré un par de horas más por si apareciese algún visitante más. Quién sabe. En el silencio de la noche y con el precedente de aguardos anteriores, escucho rugir al león que poseen unos alemanes en un cercado próximo al coto. Tan real como la vida misma. ¡Quién se va a esperar que encontrándose de aguardo al jabalí, se escuche rugir a un león en las proximidades del cazadero!. Y más sabiendo que uno no está en África sino en Alicante. Entre miedo e incredulidad el amago de diarrea es inevitable. La que se podría liar si se escapa la fiera y aparece en mitad del bancal. O el león o un servidor. Porque correr lo que se dice correr o subirse a un pino, como que no. Ni una cosa ni la otra. Sería presa fácil para el gatito. Habría que jugar a la ruleta rusa y esperar que el 30.06 hiciese un milagro.
Con el rugir del león muy presente, me viene a la memoria un pequeño cuento que nos contaba mi tío cuando éramos pequeños: “Era una noche lóbrega lóbrega; los bandidos caminaban por el bosque… acamparon en un claro y se sentaron… el capitán se puso en pie y dijo: “Pepe, cuéntanos la historia que tan larga es y tan bien te sabes”. Pepe se puso en pie y dijo: “Era una noche lóbrega lóbrega; los bandidos caminaban por el bosque… acamparon en un claro y se sentaron… el capitán se puso en pie y dijo: “Pepe, cuéntanos la historia que tan larga es y tan bien te sabes”. Pepe se puso en pie y dijo: “Era una noche lóbrega lóbrega…”.
A la una y veinticinco de la madrugada los párpados me pesan como grilletes. De repente escucho el chasquido de una rama. El guarro se está bañando en los calderones que hay dentro del monte. Tres o cuatro minutos después recorre los escasos cien metros hasta el bancal. La calma es total, ¡qué silencio!. Quizás por este motivo el cochino no toma precaución alguna para alcanzar el umbral de los almendros. Le veo perfectamente sin prismáticos. Es un macho, el ladrón de almendras que andaba buscando. ¡Está a escasos sesenta metros!. Mi segunda oportunidad de la noche. Sin pestañear lo más mínimo apunto al marrano y ¡banggggg! Al igual que el primer guarro, éste también sale arreando estopa, pero en esta ocasión rambla abajo. Tras unos segundos de alocada carrera siento cómo se hace el silencio de nuevo. Creo que ha caído, aunque no será hasta mañana bien temprano cuando lo compruebe. No tengo ninguna intención de ponerme a pistear un cochino de noche y dentro del monte. Ya he tenido bastante con el león. Con cierto sinsabor recojo los trastos y regreso a casa dándole vueltas a la cabeza una y otra vez.

Ya en la cama, no consigo reconciliar el sueño. El guarro no se me va de la cabeza y el lance se repite una y otra vez. Cuando por fin parece que entro en un placentero duermevela, suena el despertador. Antes de que comience a clarear el día ya estoy montando guardia en los almendros a la espera de las primeras luces. En cuanto se ve lo suficiente me dirijo al tiro y lo primero que observo es la “reencajada” del guarro al salir a la carrera. No encuentro sangre allí pero unos metros más adelante sí hay unas gotitas que me permiten avanzar con el rastro hacia la rambla por donde huyó herido. Sigo la sangre unos cien metros entre el monte hasta que finalmente encuentro el guarro. Un macho de unos sesenta kilos con unas bonitas defensas. Inmortalizado el momento y rendido respeto a la pieza cobrada, me dirijo hacia el bancal para asegurarme que el primer guarro que tiré no se fuese pinchado. No encuentro indicios de que lo hiriese, lo fallé y no hay más cáscaras. Ha sido una buena noche de aguardo y final feliz. No se puede pedir más.
Quién sabe si la próxima espera me deparará algún lance inesperado sobre uno de los cinco grandes de África… Lo cierto es que “era una noche lóbrega lóbrega; los bandidos caminaban por el bosque… acamparon en un claro y se sentaron… el capitán se puso en pie y dijo: “Pepe, cuéntanos la historia que tan larga es y tan bien te sabes”. Pepe se puso en pie y dijo: “Era una noche lóbrega lóbrega; los bandidos caminaban por el bosque… acamparon en un claro y se sentaron… el capitán se puso en pie y dijo: “Pepe, cuéntanos la historia que tan larga es y tan bien te sabes”. Pepe se puso en pie y dijo: “Era una noche lóbrega lóbrega…”.

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