Finales de verano, plena campaña de vendimia, he despachado más de ciento cincuenta remolques de uva en la bodega. Me salen los albaranes por las orejas y el sulfuroso debe correr por mis venas como si se tratase de agua con soda. Tengo grabadas las caras de los agricultores a fuego. No aguanto más. Son las ocho menos cuarto cuando el cerdoso veneno ataca mis envinadas neuronas. Mi pulso se acelera, pestañeo pero no veo más que racimos de uva. Mi cerebro no responde, oigo susurros gorrinos…. ¡¡¡¡¡baaassssstaaaaaaa, me voy al monte!!!!
Salgo de la bodega como alma que lleva el diablo y llego al monte entre dos luces. No tardan en aparecer mis dos compañeros aguarderos. Ya sentados y charlando (hasta animosamente) escuchamos un chasquido ¡chaskkk! en el barranco de enfrente. El silencio que ha seguido a la puesta de sol hace que el sigiloso avance del suído parezca un elefante en una cacharrería. Normalmente la querencia de los guarros en este bancal es bordearlo y romper por un pequeño ribazo situado en su parte izquierda.
Pero no, en esta ocasión y para nuestra sorpresa el marrano no toma el camino habitual. No lo escucho. Por momentos me vuelve la angustia de los remolques descargando la uva. No oigo nada, estoy más sordo que Beethoven en una mascletá de Las Fallas. Nada, ni el más ligero bordoneo. Intento vislumbrar la gorrinácea silueta sobre el blanquecino fondo del bancal, pero no hay manera, ¡me cago en el escopetín! Encogidos de hombros, mis compañeros y un servidor nos miramos casi con pena cuando por fin escuchamos el mágico sonido del animal cascando almendra.
¡La madre del topo, está ahí mismo!. No consigo verlo pero no debe encontrarse a más de cuarenta metros. Aprovechando la maleza que separa al guarro de nuestra posición, me levanto de la silla lo más en silencio que mis reumáticos huesos me permiten. El músculo cardíaco me late a doscientos por hora (a día de hoy, no debería sobrepasar los 110 para evitar problemas). Mi lengua ya no es mía y más que una lengua, parece un corcho. Pasito a pasito me voy moviendo unos metros hasta que consigo ver el cochino mascando debajo de un almendro viejuno. Su sombra delata al canoso guarro bajo la luz de la luna.

Sin pensarlo dos veces, meto la testa en la cruz y aprieto suavemente el gatillo …. ¡Bangggggg! El estruendo se escucha en medio término municipal y parte del siguiente. Al bajar el rifle compruebo que el bulto continua en el mismo sitio, aunque panza arriba. ¡Ha caído, se ha quedado tieso!. No tardamos en dirigimos hacia allí. Está al pie del almendro, bien muerto, con un buen tirascazo en la calabaza. ¡Es un buen bicho! Debe rondar casi el centenar de kilos. En comparación con el tamaño del cuerpo apenas tiene boca. Además le falta una de las amoladeras, hecho que le ha valido el sobrenombre del “mellao”.

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8 comentarios en “EL MELLAO”

  1. Jejeje… buenísima entrada Javier, y, especialmente poética (el sigiloso avance del suído, la gorrinácea silueta, mis reumáticos huesos y, el buen tirascazo en la calabaza… bueno, esto último no es tan poético).
    Lo de las fotos explicativas me parece genial, así nos metemos mucho más en el lance.
    Enhorabuena amigo.

  2. Javier, podías decirle a los guarros que vayan al dentista a pasar revisión, que después les salen caries como a este, jejeje…

    Enhorabuena.

  3. Duke, no te imaginas la peste que echaba la dichosa varies. Seguro que el gorrino estaba fastidiado y con dolor de boca.
    Gracias Eduardo y Esteban, se hace lo que se puede.
    Don Rafael, ¿cómo está usted? Un placer saber que te das un garbeo cinegético de vez en cuando por aquí
    Un abrazo

  4. "Duke, no te imaginas la peste que echaba la dichosa varies. Seguro que el gorrino estaba fastidiado y con dolor de boca."

    Entonces te pasaste con la dosis de anestesia para matarle el nervio. ¿No te ha llegado todavía la demanda de los familiares?

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