Prácticamente con el ocaso del día me encamino hacia el bancal donde voy a hacer la espera a los jabalíes. No hay muestra fresca pero a falta de otra cosa mejor decido ponerme por si“suena la flauta”.
Sobre las nueve menos cuarto ya me encuentro sentado al pie de un pino disfrutando de las últimas luces del día. Qué gozada, sólo por la tranquilidad que reina ya merece la pena haberse puesto. No tardo en advertir que sopla una leve brisa y que además estoy venteando. Lo primero que se me pasa por la cabeza es que ya he echado la noche. Durante unos minutos dudo si quedarme o marcharme. Finalmente me decanto por la primera opción, aguantar puesto, ya que no habiendo preparado la espera, tampoco hay mucho que perder. Además, voy a disfrutar igual porque ya necesitaba echar una noche en el monte.
Paso un buen rato entre pensamientos y abstracciones mentales, hasta que llegado el crepúsculo del astro rey, el silencio se apodera de las sombras. El momento es casi fantasmagórico hasta tal punto que a pesar de encontrarme sólo, tengo la sensación de estar siendo observado.
Apenas transcurrida una hora desde el ocaso escucho un leve chasquido justo enfrente de donde me encuentro. ¡Arrea! Juraría que es un guarro meneando las orejas. No va a entrar, es imposible que lo haga tal y como viene el aire.
Le estoy dando vueltas a la cabeza sobre lo que hará el marrano cuando veo aparecer un bulto por el fondo del bancal. Me echo los prismáticos y mi sorpresa es mayúscula al comprobar que se trata de un guarro de buen porte. No doy crédito a lo que está sucediendo. El guarro avanza de cara al viento por mitad del bancal y viene derecho hacia mí. O huelo a verraco o no me lo explico que no me esté sacando el aire. Quizás la brisa vaya sesgada por el bancal, cualquiera sabe. El cochino continúa avanzando y se encuentra a unos veinte metros delante de mí. Justo en el instante que estoy pensando en no demorar más el disparo el marrano se ladea un poco ofreciéndome su costado. No lo dudo ni por un segundo. Contengo la respiración, apunto al cuello y aprieto el gatillo. ¡Pimmmba!.

Sigo encarado y para mi satisfacción compruebo que el bulto está en el suelo. ¡Uf, qué alivio! Al apartar el visor me doy cuenta de lo cerca que se encontraba el gorrino. Un poco más y se me mete encima.
Durante unos minutos no dejo de observar el bulto con los prismáticos no vaya a ser que levante y me quede a verlas venir… luego decido acercarme. Son escasos veinte metros los que me separan del marrano pero no quiero sobresaltos. Doy un pequeño rodeo y me acerco a él por detrás. A una distancia prudencial me aseguro de que no respira. Enciendo la linterna y compruebo que posee unos buenos atributos masculinos. ¡Qué escalofrío! Alumbro a la cabeza y voilà: Se trata de un buen macho. ¡Vaya potra, no se puede tener más suerte! ¡Cómo es posible!
A veces ocurren cosas incomprensibles como esta y hasta el guarro más resabiado comete errores. La caza tiene estas cosas, … ha sido fruto de la casualidad.

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