I CERTAMEN DE RELATOS CINEGÉTICOS DEL CLUB CAZADORES CONDEVITO (AÑO 2020)

 

1º PUESTO

 

MI PRIMER DÍA DE CAZA MAYOR (C.S.L.)

 

Vuelvo a abrir los ojos, vueltas en la cama, sigo sin poder dormir, una mezcla entre ansiedad y nervios ha ganado la partida a mis sueños. No es más que otro día de caza con mi padre, pero algo lo hace diferente, algo nuevo para mí, algo nuevo para todos nosotros: mi padre, mis tíos,…los que tantos años llevamos cazando en estas tierras.

Algo está cambiando en nuestra sierra, esa que baña el río Segura. Lo que antes era algo inusual, empieza a convertirse en demasiado común: los jabalíes están tomando el mando en una tierra donde nosotros solo reconocemos a una reina, nuestra amada Perdiz Roja.

Mi abuelo fue el primero, nos transmitió su amor por la caza, por la naturaleza, por nuestra sierra y por su reina. Por eso hemos de salir a defenderla, por eso hoy es un día diferente, nunca antes hemos cazado al jabalí en nuestro coto, y yo en particular, a mis 12 años, nunca he visto ninguno.

Ya oigo los pasos de mi padre, abre la puerta como tantas otras veces para susurrarme que nos vamos, pero esta vez no le doy tiempo a hablar, ya estoy incorporado y empiezo a vestirme. La ropa ya la dejé preparada la noche anterior, ¿será suficiente?, está haciendo mucho frío. No hablamos por no despertar a los demás, el olor del café de mi padre me apasiona, aunque yo sigo bebiendo mi vaso de leche con las magdalenas caseras del horno de mi pueblo. Cargamos bártulos en el coche y nos dirigimos al punto de encuentro, donde nos esperan unos amigos con más experiencia en este tipo de caza.

Llegamos y allí están, muchos perros, nunca había visto tantos, no son tan cariñosos como nuestros pointer. Intento acercarme pero me dicen que no lo haga, lo cual me pone aún más nervioso. Es temprano, no han dado las ocho y media, pero todos han desayunado en sus casas y prefieren ir a cazar, por lo que mis tíos organizan donde se va a colocar cada uno. Somos muy pocos y mucho monte que cubrir, nuestra inexperiencia en esta modalidad es algo evidente, pero oigo algo que me da esperanza: “ellos tampoco nos esperan…”

Nos montamos en los coches y nos dirigimos al coto. No termino de encontrarme cómodo, no puedo hablar con normalidad, ya no estoy solo con mi padre y mis tíos, demasiada gente desconocida. Todo el mundo habla en susurros, es difícil hasta de entender lo que dicen, hablan sobre por dónde vendrán los perros, ellos pararon antes.

Mi padre y yo nos colocamos los primeros, delante de nosotros no hay nadie, ni a nuestra izquierda ni derecha…demasiado terreno ¿Cómo van a pasar por aquí? Monto la paralela de mi padre, se la doy mientras él me explica qué es un cartucho de posta, cómo debemos estar atentos a los ladridos de los perros, al tropel de un animal corriendo en el monte, y sobre todo me dice que debemos estar en silencio. Se sienta en una piedra, yo a su lado, toca esperar.

Definitivamente me equivoqué con la ropa, hace mucho frío. Pasa el tiempo, silencio absoluto, mi padre me hace una señal y vemos a una perdiz asomando en lo alto del camino. Es curioso, cuando venimos a cazarlas nunca harían eso, es como si lo supieran, es como si nos dieran ánimos, al fin y al cabo, esto es por ellas. Esa perdiz está relajada, realizándonos un pase privado, pero de repente, algo la asusta y se esconde. Mi padre se pone en pie con celeridad, lo que me sobresalta muchísimo. El sonido de ramas rotas cada vez más fuerte hace que mi corazón lata con tal rapidez que incluso me cuesta mantener la boca cerrada para que salga el aire. Se acerca… algo se acerca, de repente, a nuestra izquierda, aparece un perro, la emoción se vuelve en decepción durante un breve instante, el instante que tardó en asomar tras una atocha a nuestra derecha un enorme jabalí.

Con un sobresaltado estado de emoción intento avisar a mi padre cuando escucho el tiro. El animal se da la vuelta con una rapidez y agilidad que nunca había visto. ¿Le has dado? ¿Le has dado? Pregunto a mi padre con insistencia, pero no me responde. Vemos cruzar como un rayo al jabalí, sin tiempo para un segundo tiro.

Los perros empiezan a llegar, a ladrar y a correr junto con mi padre hacia la ladera por la que hemos visto que se ha dejado caer, y yo tras ellos. Lo vemos, ya está lejos, pero se cae, se levanta y se vuelve a caer. ¡Acertó el tiro! ¡Va herido! El jabalí vuelve por donde venía, allí no hay nadie, todos los puestos están atrás. Mi padre me dice que vayamos a por él, va muy herido. Corremos y corremos, una ladra se escucha a lo lejos, justo en la dirección en la que habíamos visto como se batía en retirada nuestro animal.

De repente empecé a correr tanto que incluso dejé atrás a mi padre, la emoción me superaba. Tras una advertencia volví a mi lugar, tras la seguridad de mi padre. Corrimos tanto que nos faltaba el aliento, pero el escuchar a los perros cada vez más cerca era como una inyección de fuerzas.

Tras muchísima distancia recorrida, allí estaba, un animal inmenso, en un pequeño charco de barro, rodeado de perros, algunos ya cojeando se alejaban, a otros los veíamos volar tras las embestidas. El miedo y la emoción por partes iguales quiero decir que siento, pero mentiría si lo dijera. En una de sus brutales embestidas los perros se apartan, y en ese preciso instante, a unos 15 metros de distancia, oigo el segundo tiro de mi padre a la vez que veo caer al jabalí y los perros abalanzarse sobre el animal vencido. Nos acercamos poco a poco, aun exhaustos de la carrera, y apreciamos la envergadura del animal y sus enormes defensas.

Termino mi relato en tiempo presente, pues fue vivido hace muchos años, ya demasiados, pero recuerdo cada imagen, olor y emoción de aquel día, recuerdo la sonrisa de mi padre después de su segundo tiro, recuerdo la cantidad de errores e imprudencias cometidas por nuestra inexperiencia, las cuales nunca repetiríamos. En cambio, cada imagen la tengo grabada en mi mente, y no hay más, ni una sola foto de aquel día, de aquel animal. Quizá no fue tan grande como en mi recuerdo está, quizá la distancia recorrida no fue la misma…pero fue mi primer día de caza mayor y ningún otro lo ha superado hasta hoy en emoción. Y fue, cómo no, con mi padre.

 

 

Saludos y buena caza.

Javier Robles (Condevito).

 

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