Han pasado casi tres años desde que cobré mi primer macho en Jijona y hasta entonces no he dejado de pensar que tenía que repetir la experiencia de recechar otro carnero berberisco. Por fin, el pasado viernes llegó el momento de volver a salir en busca de estos bellos animales en unos parajes que bien pueden parecer Texas, lo cual y hasta cierto punto también tiene su atractivo. He quedado en el aparcamiento del IKEA de Murcia con Félix, buen amigo y gran apasionado de los arruís. Es él quien tiene que guiar el rececho.
Llegamos al cazadero con el alba. Sin demora, ascendemos hasta la parte alta de la sierra, donde nos detenemos al borde de un enorme barranco. Nos acercamos con sigilo al despeñadero y oteando con los prismáticos Félix localiza un macho que se encuentra desperezándose con los primeros rayos de sol. La distancia es grande y tampoco parece gran cosa, así que lo descartamos rápidamente.
Continuando unos metros por la arista del cortado y asomándonos de nuevo al barranco, a unos 70 metros más abajo, vemos un joven macho y una hembra. Para ser exacto, las cabras nos localizan antes que nosotros a ellas. Nuestra sorpresa es mayúscula al ver aparecer de la nada un gran macho. En un abrir y cerrar de ojos, pareciendo consciente del peligro, la hembra sale zumbando. Naturalmente, los dos machos corren tras la hembra y ahí se acaban nuestras opciones. Corremos hasta unas peñas que dan vista al cortado pero cuando conseguimos localizarlos ya se encuentran muy lejos. Tengo el macho a tiro por un instante, pero el hecho de ir en carrera y lo escarpado del terreno, finalmente me hacen desistir de ni tan siquiera intentarlo. Ya no por la alta posibilidad de errar el tiro sino por no correr el riesgo de dejar herido al propio animal en un sitio tan inaccesible.

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Después de esta primera descarga de adrenalina proseguimos el rececho descendiendo por la pista principal de la finca. Unos cientos de metros más abajo localizamos una manada compuesta por unas cuantas hembras y un machete que tras ser valorado nuevamente, una vez más queda descartado por el escaso porte de su trofeo. Es el momento de aprovechar para reponer fuerzas con un pequeño almuerzo y a seguir funcionando.
Cubiertas las necesidades calóricas de la mañana, continuamos a pie por una vereda un par de cientos de metros hasta llegar a unas peñas desde las que se divisan el desfiladero donde comenzamos el rececho y una umbría con algunos claros en medio. Escudriñando cada palmo de terreno en nuestro afán de localizar un macho que poder tirar, contemplamos a un encelado macho montando repetidamente a una hembra. Una secuencia que por suerte pudimos registrar en vídeo, aunque éste no sea gran calidad. Finalmente descartamos el macho por lo inaccesible de su ubicación.

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Finalizada la sesión X regresamos a la pista principal y continuamos con nuestro rececho. Durante la siguiente hora y cuarto la búsqueda de un macho resulta infructuosa, si bien nos sirve para comprobar los daños provocados por las lluvias torrenciales de la semana previa al rececho. Sobre las doce de la mañana y con un sol de justicia, localizamos una nueva manada. Hay algunos machos pero el hecho de que se encuentren en la parte más baja de un barranco no nos permite valorar bien los animales. La mejor opción es intentar localizarlos desde el lado opuesto del barranco, así que volvemos sobre nuestros pasos y descendemos por una vereda casi cerrada hasta alcanzar un pequeño saliente en mitad de la abrupta ladera. Una vez más, tras observar cada uno de los machos, consideramos que ninguno de ellos vale la pena como trofeo. Así que vuelta para arriba y a seguir buscando.

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Continuamos descendiendo por la pista principal hasta que por el rabillo del ojo algo me llama la atención y al girar la cabeza, ¡bingo!, una nueva manada paciendo tranquilamente a unos doscientos metros de nosotros. Guía y cazador, cazador y guía, mirándonos y al unísono nos decimos el uno al otro: ¡hay uno tirable! Tras un mili segundo de silencio Félix me dice: ¡tíralo, tíralo! Durante los siguientes dos o tres segundos me quedó bloqueado hasta llegar al punto de preguntarle: ¿has dicho que lo tire? Sí sí, tiralo que es un buen macho -responde-. Mientras salgo del fugaz trance el macho sigue a lo suyo. Le acompañan varios machos y hembras más, y ninguno de ellos parece haberse percatado de nuestra presencia.

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Sin perder tiempo me tumbo en el suelo y apoyado sobre la mochila meto al macho en la cruz del visor. Calculo que no debe estar a más de 150 metros. Casi está perfecto para efectuar el disparo cuando medio se tapa con un esparto. Espero unos interminables segundos a que salga y cuando está completamente atravesado …. ¡piiiimba! El animal acusa el disparo y se eleva sobre los cuartos traseros como si se tratase de un caballo de rejoneo. El disparo ha hecho blanco pero en la pata delantera derecha. ¡Baaaang! Yerro el segundo disparo, que pasa rozando al macho unos centímetros por encima. ¡Piiimba! El tercer disparo impacta de nuevo sobre el macho haciendo que éste caiga unos metros más abajo.

De camino para cobrar la res tenemos casi la certeza de que nos vamos a encontrar vivo al macho. Efectivamente así ocurre, por lo que sin más demora remato la pieza. Tras este casi esperado final, por fin podemos felicitarnos por el magnífico día que hemos pasado y nos hacemos las fotos de rigor para inmortalizar el momento.

GALERÍA FOTOGRÁFICA 

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Mi sincero agradecimiento a Félix, un gran profesional y también amigo. Vaya desde aquí también mi reconocimiento por la apuesta que desde la Federación de Caza se está realizando en favor de una especie tan emblemática para la Región. Buen trabajo. Este es el camino.
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