Les pongo en situación: rececho de corzo en Aralla de Luna. Pueblo perteneciente al municipio de Sena de Luna, en la comarca de Babia, provincia de León. Uno de tantos rincones maravillosos de la geografía española en los que cualquiera, séase o no aficionado a la caza, se disfruta sí o sí. Otro paraíso más en plena cordillera cantábrica. Aire puro, tranquilidad por los cuatro costados, naturaleza hasta donde alcanza la vista, gastronomía opípara, paisanos agradables, ¡qué más se puede pedir! Se queda uno atónito ante tanta inmensidad, con esas moles pétreas infinitas en el horizonte. Y nacimientos de agua casi por castigo; la envidia de aquellos que vivimos en el sureste de la Península… en fin, una comarca muy recomendable para visitar sin prisa.
Porque el tiempo pasa en Babia y no se da uno ni cuenta. Mi semana allí ha sido corta, muy corta. Al contrario de lo acontecido allí un año antes, éste ha acompañado la suerte, habiendo tenido oportunidad de hacerme con un bonito corzo. Como dice el refrán: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno».
Las emociones fuertes dieron comienzo durante la jornada sabatina. Barbacoa de las que dan miedo, con todo tipo de verduras para suavizar el pedazo chuletón que nos metimos entre pecho y espalda. Una magnífica contribución gastronómica como mejor manera de preparar el cuerpo antes de la caza. Y a media tarde paseíto para evitar remordimientos de conciencia por semejante ingestión calórica. Tarde tranquila, cena suave y a dormir en la gloria con el fresquito de la montaña.

El domingo por la mañana, quedada con los amigos astur leoneses para tomar unas cañas. Todos tal y como se quedaron el año pasado, ni una cana más. El resto del día dedicado al relax.
El lunes 9 era el día señalado para comenzar a recechar. La cita a las seis menos diez. Cuando llegué al punto de encuentro, me esperaba Martinho, de pié, cigarro en mano, como si el tiempo se hubiese detenido justo un año antes. ¡Menudo deja vu! ¡Esto ya lo he vivido! Una gran alegría verle de nuevo.
El trayecto hasta el cazadero se me hizo corto. Sobre las siete y veinte ya nos encontrábamos a pié de monte. Hicimos una primera parada para intentar localizar un corzo -bastante bueno al parecer- que andaba por la zona donde abatí los dos del año pasado. Fue un visto y no visto. Entre dos luces conseguimos ver la estela de un duende corriendo unos cien metros por encima de nuestra posición pero al final fue imposible localizarlo.

Tras esta primera incursión, nos dirigimos hacia otro punto del coto para continuar nuestro rececho a pie. Partimos camino arriba por una pequeña pista forestal de escasa pendiente. Durante el ascenso, y habiendo ganado algo de altura, fuimos escudriñando barranco por barranco, los robledales de los márgenes y los prados que iban quedando por debajo de nosotros. En uno de los claros observamos un par de corzas que pastaban a media ladera. Esperamos pacientes la salida de algún macho que las acompañase, pero no hubo suerte; ambas señoritas continuaron con su marcha sin percatarse de nuestra presencia. Con los primeros rayos de sol, llegamos al final de la pista. No sin algo de dificultad, debido a lo apretado del monte en este punto, conseguimos dar cara a un pequeño pero querencioso prado situado debajo de unas peñas. Pero nada, ni rastro del duende. Durante la vuelta por nuestros mismos pasos, localizamos otra corza que se encontraba de retirada, pero dejamos de verla unos segundos después.

Nuevamente en el punto de partida, comenzamos a ascender en dirección contraria en busca de un par de enclaves que no tuve ocasión de pisar en mis recechos del año anterior. No sin esfuerzo alcanzamos un otero desde el que divisábamos un buen número de prados a uno y otro lado del valle central del coto. Nos sentamos a esperar frente a un barranco, no tardando en aparecer dos corzas justo por donde habíamos subido. De camino hacia su encame, levantan una nueva corza, que sorprendida por las primeras, sale de su encame hacia el verde y húmedo prado. Pasados un par de minutos se oculta nuevamente entre la espesa maleza. Después de castigar bien la vista con los prismáticos durante un largo rato, localizamos una res en los prados que hay enfrente de unas colmenas abandonadas. Hay mucha distancia desde donde nos encontramos, no consigo ver si trata de un macho o de una hembra, así que decidimos salir atacando hacia allí por si acaso. Cuando llegamos, la res se ha movido, aunque no tardamos en avistar su figura alcanzando la espesura monte arriba. Es un machete pequeño, de escaso porte. Se ha hecho tarde, es mediodía, fin al rececho mañanero. Toca reponer fuerzas en el hostal del pueblo: sopa de repollo y pollo al horno con guarnición. Para chuparse los dedos. Comida casera para levantar el ánimo.
Por la tarde, sobre las cuatro, aparecen los paisanos asturianos. Momentos como éste son los que hacen grande la caza. ¡Qué alegría ver de nuevo a Maxi y Requejo!
Antes de proseguir el rececho, nos dirigimos a unos prados para probar los rifles. Siento una especial admiración por el bueno de Requejo, no puedo ocultarlo, ¡qué tío más salao, sabiduría en estado puro! Una vez más, compruebo que mi buen amigo sigue en plenas facultades, haciendo blanco en una piedra de 10 x 10 cm a 190 metros. ¡Impresionante, un fuera de serie!

Una vez puesto el rifle a tiro, reemprendemos el rececho a pié. Llevamos andados escasos trescientos metros cuando Martinho y Requejo (en adelante, MyR) localizan una corza en un piornal. Ante la posibilidad de que el macho anduviera cerca, decidimos esperar por si apareciese. Hace un sol de justicia, nos va a venir bien aguantar un poco a la sombra de las escobas. Media hora después, viendo que no da la cara ningún macho, reanudamos la marcha.

Nada más coronar una pequeña loma, aparece ante nosotros un inmenso valle donde MyR rápidamente localizan un macho. ¡Maaacho! Hay un macho. ¡Subidón de adrenalina en vena! Descendemos rápidamente en paralelo al prado, tapados entre los piornos. Conseguimos ponernos a escasos ciento cincuenta metros del corzo pero al valorarlo comprobamos que es un macho joven y finalmente decidimos no tirar. Tenemos tiempo y el próximo año será mejor, lo dejamos marchar.

Llegados a este punto, Requejo toma la decisión de dirigirnos hacia un paso que hay entre dos valles contiguos. Se trata de un estrecho flanqueado por bloques pétreos entre los cuales se encuentra el desfiladero que comunica ambos valles. Es un lugar recóndito, angosto, de difícil acceso, poco apto para los que padecemos vértigo, pero de una excepcional e idílica belleza.

Así pues, avanzamos con paso firme por la escarpada ladera hasta llegar al otero. Primero llega Requejo, después un servidor, a continuación Maxi y finalmente Martinho. El enclave es alucinante. Reina una calma total. Parece que se hubiera detenido el tiempo cuando de repente, Requejo pronuncia las palabras mágicas: “un corzo, se ha levantado un corzo y es bueno Javi, es tirable, mira a ver qué te parece, date prisa que se va, parece bueno, apóyate bien”. Sorprendido por sus palabras, me acerco al borde del cortado y efectivamente, hay un corzo en el fondo del barranco. Parece que ha salido de la nada, pero ahí está. Tengo la lengua que puedo lijar muebles. Estoy sereno, tranquilo, pero no consigo encontrar la postura para efectuar un disparo limpio. Tras dudar unos momentos, alcanzo un apoyo más robusto para jugar el lance. Por fin logro meter el corzo en el visor. Parece majo, si bien es cierto que con la emoción y a toro pasado, he de decir que parecía mejor antes de tirarlo.

¡Se ha parado, tira ahora, ahora está de costado, Javi tira! -me indican MyR-. El corzo se ha parado junto a un arbusto mostrando su costado derecho. Contengo la respiración, quito el seguro y ¡piiiiiiiiiiiimba! El tiro alcanza el pequeño cuerpo del duende, quedando herido de muerte. Con el corzo amagado e inmóvil, efectúo un segundo disparo que sirve de colofón a un inolvidable lance.

¡Qué privilegio vivir un lance en tan fantástico lugar y con estos buenos amigos! No puedo pedir más. Bueno sí, poder repetir el año que viene, y sobre todo, que no faltemos ninguno de nosotros, pero eso Dios dirá. No hay mejor caza que la que se disfruta cone amigos. Y una vez más, así ha sido.

Gracias a los amigos astur leoneses por su buen hacer y sobre todo, por su amistad.

Con el corzo en el morral desde el lunes por la tarde, el resto de semana lo dedicamos a las excursiones. La del miércoles 11 de mayo fue especial. Partimos con dirección a Somiedo con la intención de parar a comer en el lugar donde lo hicimos el año pasado. La casualidad quiso que al llegar a este punto coincidiéramos con una pareja de “abueletes” que se encontraban realizando sus quehaceres diarios. A mi pregunta sobre dónde podíamos ver los osos, cuál fue nuestra sorpresa que la buena mujer respondió: “Pues si os dais la vuelta y miráis en el prado que hay a vuestra espalda, allí tenéis dos osos ahora mismo”……….. sin palabras, así nos quedamos.

Todavía se me ponen los pelos como escarpias. Un sueño cumplido. Ver osos en libertad ha sido una experiencia única que a partir de ahora irá inexorablemente unida a la imagen de este par de paisanos tan entrañables. La guinda a este 11-M, tuvimos ocasión de contemplar dos especies emblemáticas de aquellos montes: el rebeco y el alimoche.

Después de una semana estando en Babia y el Valle de Laciana, vuelta a casa y comienzo de la cuenta atrás para regresar de nuevo. Será pronto. Saludos y buena caza.

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6 comentarios en “UN CORZO DE ALTURA”

  1. Muy bueno Javier,ya te dige que tendrías suerte y lo de los osos una pasada.
    Ahora el rencuentro con viejos amigos eso tambien vale mucho, el rato bueno como digo yo, ese es fundamental.
    Saludos

  2. Enhorabuena Javier, tanto por el corzo como por la semana que has pasado, lo de los osos en dos palabras impre sionante.

    Un abrazo
    jumevi

  3. Joer ahí es donde tu vida gana a través de tu vista. Expectaculares vistas y bonito corzo. Enhorabuena corcino y que sigan muchos más….

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